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Los Salvajes

Los Salvajes no son una nación ni un pueblo unificado, sino una marea viva de lo ancestral, lo indómito y lo primigenio. Surgieron en los rincones olvidados del mundo, en lugares donde el tiempo parece detenido y la civilización nunca logró arraigarse del todo. Son la encarnación del caos y la brutalidad.

Historia y origen

Nadie sabe el origen de los Salvajes, ni siquiera los más eruditos de Ibelir, pero algunos de sus chamanes creen que fue Radorak quién los creó para llevar la destrucción al mundo. Lo que sí que es verdad, es que los Salvajes no nacieron como un pueblo, sino como un grito. Un grito primordial de rabia, de hambre y de guerra, surgido cuando el mundo aún no conocía reyes ni imperios.

Lo que el mundo llama barbarie, ellos lo consideran libertad. Mientras otros pueblos aprendían a formar comunidades para mantenerse a salvo, los Salvajes aprendían a matar para arrebatar los que otros tenían, a convertir la carne de sus enemigos en sustentos, a sobrevivir en las regiones más inhóspitas del mundo.

Según los libros de Estados Unidos de Ibelir, los Salvajes fueron, junto con los Arruks, quienes acabaron con el Viejo Mundo en la Guerra del Fin del Mundo, aniquilando y arrasando todo como una marea voluble e imparable.

Independientemente de la certeza de dicha teoría, desde que el mundo volvió a renacer, los Salvajes han llegado a formar hasta nueve oleadas salvajes, llevando el mundo al borde de la destrucción en varias de ellas.

Su historia no es una línea, es un torbellino de conquistas, traiciones, sangre y fuego. Para los Salvajes, solo sobreviven los más feroces.

Estructura y Gobierno

Los Salvajes son una especie nómada y guerrera. Para ellos no existe algo como la patria, ni los reinos ni las leyes. No siguen a nadie que no los haya echo obedecerles por la fuerza, el respeto, o el miedo.

Es por eso que los Salvajes siempre juntan en forma de clanes, bandas o ejércitos que se van absorbiendo unos a otros mediante violencia, hasta que alguien es capaz de juntar a tanta gente bajo su estandarte que es capaz de provocar una Oleada Salvaje, un evento tan destructivo que hace todos los países del mundo tiemble.

Lo único más parecido a un gobierno se encuentran en Argoúk, Shakez y Azalol. Unas tierras que no han conocido más habitantes que Salvajes desde que el mundo tiene memoria. Unas tierras donde reinos emergen y se desvanecen como estrellas fugaces, y, casualmente, donde más elegidos han nacido para comandar a todos los de su especie.

Vida y Sociedad

Aunque los Salvajes están formado por decenas de razas distintas, todos ellos se reúnen en clanes, bandas y ejércitos ambulantes donde cada uno vive según su propio código de fuerza, miedo o respeto… Pero prácticamente todos, cuando llegan a la edad de adultez, son sometidos a una prueba conocida en la mayoría de los clanes como ritual de sangre, en la cual, si vencen, se ganarán su libertad y deberán buscar su propio camino en la vida. Y si pierden, simplemente se convertirán en un caído más en la vorágine de violencia.

Desde que apenas son unos niños, los Salvajes aprenden que la vida vale lo que uno pueda defender con los puños o arrebatar con la hoja o el trabuco. Los débiles sirven, los fuertes mandan. Y cuando un líder cae, otro lo destrona entre rugidos y sangre.

La palabra “paz” no existe para ellos. Solo hay guerra, traición, saqueo y festines. Matan y roban por diversión, traicionan para sobreponerse sobre los demás, se alimentan de sus víctimas, celebran la lucha con hogueras de muertos y alcohol y procrean como bestias en celo. Allí por donde pasan, solo quedan huesos, gritos y fuego. A menudo crean enormes hogueras con los restos de los sitios que arrasan, como tributo a sus dioses… o simple placer.

Los Salvajes decoran sus cuerpos con pinturas de guerra que representan a su clan, su dios o su banda. Muchos llevan colgantes de huesos o restos de sus enemigos; otros incrustan chatarra en sus armaduras o pieles, no como protección, sino como símbolo de astucia brutal.

Los chamanes, aunque respetados, no mandan. Son quienes hablan con los dioses o espíritus, quienes leen el futuro en las entrañas de los enemigos, o lanzan despiadados conjuros y maldiciones. Pero ni siquiera ellos están a salvo si se muestran débiles. Porque en el corazón de los Salvajes, no hay verdad más sagrada que esta: el mundo pertenece a quien tiene la fuerza para tomarlo.

Ideología y Objetivos:

Los Salvajes no tienen una ideología unificada. Cada clan, banda o líder cree en lo que quiera… si tiene la fuerza para imponerlo. Para algunos, la guerra es un medio de supervivencia. Para otros, una forma de adoración. Y para muchos, simplemente un fin en sí mismo. Lo único que comparten es una certeza grabada a fuego en sus almas: el mundo no se hereda, se conquista.

No luchan por imperios ni banderas. Luchan por botín, por honor, por hambre o por placer. Los dioses que adoran (si es que los adoran) son tan crueles y salvajes como ellos, y sus profecías casi siempre anuncian una cosa: una nueva Oleada, un rugido de acero, carne y fuego que se llevará por delante todo lo que el mundo civilizado ha construido.

Los Salvajes no quieren un trono. Quieren reducir el trono a cenizas, y bailar sobre sus restos.

Ejército y estilo de combate

Los ejércitos de los Salvajes no marchan, rugen. Son una marea de hierro oxidado, carne tatuada y fuego improvisado que arrasa con todo lo que se cruza en su camino. Allí donde otros pueblos planean campañas o diseñan estrategias, los Salvajes desatan una orgía de violencia que convierte cualquier campo de batalla en un espectáculo de sangre y humo. Para ellos, no existe la guerra como arte, solo la masacre como instinto.

Los Groks, columna vertebral de sus ejércitos, avanzan como toros enloquecidos, armados con hachas, mazas y trabucos pesados, protegidos con placas remachadas y pieles ensangrentadas. Los Tralfs, astutos y traicioneros, se ocultan tras la masa para disparar subfusiles modificados o clavar cuchillos en espaldas desprevenidas. Los Szaiks, ingenieros dementes, convierten la chatarra saqueada en armas imposibles y mortales; son tan peligrosos con un rifle retorcido como al volante de sus monstruosos inventos.

Tras ellos avanzan los Odrox, colosos de cuatro brazos y armaduras toscas, que empuñan trabucos del tamaño de un hombre o desgarran enemigos con armas de filo gigantescas. Más temidos aún son los Talgruns, gigantes de ocho a diez metros, acorazados como fortalezas ambulantes. Sobre sus hombros se alzan plataformas de artillería donde Tralfs o Szaiks disparan misiles improvisados, y chamanes  (normalmente Groks o Tralfs consumidos por la magia y la locura) lanzan conjuros devastadores, maldiciones de fuego y tormentas de oscuridad.

Sus vehículos son un espectáculo tan aterrador como grotesco: motocicletas rugientes plagadas de pinchos, camiones cubiertos de calaveras que lanzan morteros improvisados, y vehículos monstruosos reforzados con cuchillas, cañones o altavoces que hacen retumbar tambores de guerra. Algunos parecen a punto de estallar en cualquier momento… y esa es, precisamente, su fuerza: el caos convertido en arma.

Los Salvajes rara vez siguen estrategias coherentes. Se abalanzan contra el enemigo como una tormenta de carne y acero que lo arrasa todo. Y, sin embargo, entre el bullicio de tambores y alaridos, de vez en cuando surgen líderes o chamanes capaces de imponer una efímera coordinación: emboscadas masivas, cargas sincronizadas, trampas con pólvora y fuego. Pero incluso en esos raros casos, todo se resume en su credo más básico: matar más fuerte, más rápido y con más ruido que el enemigo.

Conclusión

Los Salvajes no son una nación, ni una cultura, ni siquiera una especie unificada. Son una plaga, una tormenta, una encarnación viva del caos primigenio. Donde otros pueblos ven progreso, ellos ven debilidad; donde otros construyen, ellos destruyen. No buscan un futuro, ni un legado, ni un trono. Solo el momento eterno del combate, el grito de guerra que resuena en el pecho y el crujido del hueso bajo la bota.

Han arrasado imperios, extinguido civilizaciones y desatado guerras tan devastadoras que sus ecos aún se sienten siglos después. Y lo harán de nuevo. Porque los Salvajes no mueren, simplemente se disgregan, se reforman y regresan cuando el mundo olvida lo que significa temerles.

Mientras existan los débiles, los Salvajes marcharán. Mientras haya algo que arder, ellos traerán el fuego. Porque no hay paz posible mientras su sangre siga corriendo por el mundo. Solo guerra. Solo gritos. Solo Salvajes.

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